Miércoles, 13 de Diciembre de 2017

Ensayo sobre movimiento continuo

RO Galería
- 2011

Alicia Antich: La belleza en el jugar-con

Diferente del Péndulo-pluma, que apelaba al ejercicio de un solo participante, la nueva propuesta de Alicia Antich estimula la co-participación. En su instalación Cancha de trompos, es el número 2 (como mínimo) el que se impone. Si bien es posible jugar sólo, el sabor del juego está en la incorporación del Otro, en el jugar-con.

“Quién dijo que jugar era fácil?,pregunta Antich. Evidentemente no siempre lo es. En este caso, ya no se trata de poner en movimiento un objeto (como el péndulo) para que, suspendido en el aire, actúe por acción gravitatoria o por azar haciendo que la tinta dibuje en el suelo infinitas líneas y puntos. Ahora es preciso un esfuerzo, el de practicar destrezas innatas o el de adquirir otras nuevas. Es que no todos tienen la misma habilidad para poner en movimiento los trompos. La mano no ha cultivado todas sus posibilidades en el trato con los objetos; por el contrario, se ha limitado a la repetición de los mismos gestos. Es el gesto que vemos en el insistente movimiento mecánico de un lápiz de carpintero que Antich incorpora en su instalación Artes y Oficios.

La mano, al meramente repetir un movimiento, se rigidiza, pierde ‘tacto’, es decir la sensibilidad hacia lo que tiene cerca, ya sea algo inanimado o un ser vivo. ¿Qué es el “tacto” sino un mantenerse abierto hacia el Otro, un elevarse por encima de uno mismo?
Para tomar conciencia de nuestra delicadeza o de nuestra torpeza, Antich nos invita primero a  ensayar para pasar luego a la cancha “principal”. Nos probamos en una Cancha de ensayo; allí estamos como en bambalinas, preparándonos para salir a escena. Y la escena no es sino un proceso interminable en cual el receptor completa –transitoriamente- el trabajo proyectual de la artista. 

La Cancha de ensayo nos permite trabajar el error, al igual que los lápices cuyos trazos pueden ser borrados. Podríamos concluir que el lápiz es, de por sí un material para el ensayo. Su esencia es la servicialidad; “siempre funcionan”, acota Antich. No es casual que ella se haya transformado en coleccionista de lápices, luego de ser coleccionista de plumas de tinta.
La diversidad es la cualidad sobresaliente de la instalación Artes y Oficios, compuesta por un conjunto de lápices de materias diferentes: madera de bosques sustentables,  madera reforestada,  resina. Sus tipos son también muy especiales, como los hechos para zurdos o los que usan los carpinteros. Proceden de nuestro país y también de Brasil, Alemania, China.
Un sorprendente efecto es el que logra Antich al encerrar parte de los lápices en ampolletas que contienen los más variados objetos: desde una goma de borrar hasta un diminuto par de zapatos femeninos. Es que para la artista, los lápices –además de serviciales- son “inspiradores”. Al estar parcialmente encerrados en campolletas y contener objetos, aluden a deseos y esperanzas, como la de evitar el error venciendo limitaciones.

Al igual que los lápices que posibilitan la corrección del error, los ensayos con el trompo nos permitirán paulatinamente “ir teniendo cancha”, desenvoltura, habilidad. Así accedemos a la Cancha de trompos, no ya un espacio de ensayo sino de juego que cumple con los muchos sentidos de la palabra “cancha”. Derivada de la voz quechua kancha significa recinto cerrado, desde el terreno cercado para guardar los rebaños hasta el sitio de reunión donde se conocían las órdenes del Inca. Hoy, su uso más común se da en el deporte; pasa a ser el espacio acotado y acondicionado para la práctica deportiva: el campo de juego.  Y en el Río de la Plata se agrega un nuevo significado:  “abrir cancha” para pedir que abran paso. Son todos conceptos que, de uno u otro modo, reviven en la Cancha de trompos de Antich y que es preciso descubrir.
Es probable que el primer efecto de esa cancha sea la sorpresa ante el elemento del juego. Ya no hay cuerda enrollada en una pieza de madera; ya no se trata simplemente de tirarla enérgicamente de uno de sus extremos para que el objeto rote sobre su punta y se mantenga erguido, girando en el suelo. Ahora el trompo es una seductora pieza transparente de cristal tipo Pirex coloreado con tintas desde su interior. Las variantes tonales son fascinantes y en el momento en que el trompo deja de soltar tinta, el color sube a su ‘panza’ y forma como una cinta cromática mientras gira.

Los tonos se entremezclan dentro y también fuera del trompo. Surgen así bellísimos dibujos sobre un papel sellado en los que influye tanto la ley física como el azar. Son el registro, de la huella de un movimiento irrepetible. Y así el dripping se convierte en paleta cinética que se renueva en cada barquinazo o balanceo, sin posibilidad de ser corregido o borrado. El espectador, en tanto co-autor de la obra, debe resignarse a aceptar sus “errores” o disfrutar de sus aciertos y de los “golpes de suerte” de una circulación incontrolable.

Si insiste, es probable que su actuación se vea perfeccionada, logrando que el trompo cada vez más encuentre su centro y siga girando. Perfeccionar el movimiento es –como en el caso de la plomada y del péndulo- mantener al objeto en su centro el mayor tiempo posible. Centro al que llegará más fácilmente un cuerpo bien centrado, entrenado. Precisamente Antich, de destacada actuación en la práctica de la arquería, sabe de la importancia de la relación del cuerpo con su centro; relación que, de modo siempre renovado, dibuja la flecha del arquero en el aire.

Pero lo que el desplazamiento errático del trompo pondrá siempre en cuestión es la estabilidad del centro a lo largo del tiempo. Metaforiza, de este modo, una situación de inestabilidad generalizada del ser vivo o, lo que es lo mismo, del ser en movimiento
Asimismo, el jugar-con de la cancha de trompos puede ser visto como metáfora del ser-con-otros. Y es ésta una experiencia humana fundamental, la del ser que siente, desde que nace, que es “ya con otro”. En términos de evidencia, esa experiencia es anterior al cogito cartesiano. Antes del “pienso, luego existo”, lo que se presenta con mayor claridad es que estamos con otros (además, esto no necesita ser pensado).

Lo que agrega Antich en esta oportunidad es que estar y estar-con no siempre es fácil, al menos cuando intentamos vencer limitaciones. ¿Quien dijo que jugar era fácil? La pregunta resuena en el participante mientras disfruta del desafío de ir superándose estimulado por la belleza de su “obra” y la presencia del otro. Siempre en placentera confrontación.

                                                                                                                                                                                                                Elena Oliveras